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Boludo, pelotudo, necio, fanático y cínico

Lo que sigue no viene del diccionario, quizá esté allí en forma larvada, quizá obró como secreta fuente de inspiración, aún recuerdo cuando adolescente busqué la palabra pelotudo y encontré que el libro de los significados aludía a un sujeto negligente, descuidado. Me he permitido distinguir una secuencia tipológica de categorías cargada de consecuencias, que solemos mezclar sin rigor. Cinco palabras, cinco perfiles, cinco riesgos.

Boludo

En un mundo donde, por poner un número, a partir de los tres años de edad no hay inocencia, el boludo es una excepción. Le han crecido aunque ignora para qué, absorto en su rigurosa idiotez ve sin mirar las venturas y desventuras que le circundan.
El apelativo suele emplearse como insulto, pero el boludo nos produce una secreta envidia, porque nos sabemos no inocentes y nos gustaría serlo. Por esta razón a veces le adosamos un especial calificativo cuando decimos de alguien que es un boludo alegre. Y no es cierto, no es alegre porque en la carrera de los boludos se distrae escarbándose el ombligo y por boludo no gana. También hay sabios que lo hacen y abandonan carreras, pero a sabiendas. ¡Freud mío, esto de la boludez, que parecía tan simple, se está complicando! Lo soluciono de modo lacónico: el boludo no puede ser feliz porque ignora la felicidad, no me pregunten porqué, no podría responder, no trato de hablar de esa esquiva sensación. El goce del idiota me es ajeno como a cualquier no boludo, a menos que… Cuando los boludos tomen la palabra quizá podamos enterarnos de algo más, pero entonces serán tan vulgares como cualquiera de nosotros.
Sucede que asociamos a esa condición la idea de felicidad paradisíaca, formados como estamos por la Biblia, ya que el boludo alegre por antonomasia fue Adán, antes de que Eva apareciera en su horizonte y con ella la conciencia dilemática del ser sexuados. Y al perder la inocencia también perdieron el Paraíso. Cuando la vida nos pesa añoramos esa antelación. Lo supo el político más hábil que tuvo la humanidad: poniendo del revés la secuencia ante la masa de acólitos, colocando el Paraíso como afortunado destino dicen que dijo en un sermón: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Pelotudo

Si lo encierro en una frase sería como decirle a alguien: No te hagas el boludo, ¡pelotudo! Roberto Fontanarrosa, en célebre intervención en un Congreso de la Lengua, distinguió en pelotudo un énfasis especial; para continuar la línea fontanarroseana, agrego que boludo carece de énfasis. El pelotudo no tiene derecho a la ignorancia, estratagema a veces hábil que este personaje esgrime como salvoconducto.
Al decirse aquello de sólo sé que nada sé y por eso algo sé, que nada sé, Sócrates instaló el dispositivo de su filosofía, y cuando en un destello de lucidez alguien exclama ¡pero si soy un pelotudo! instantáneamente se vuelve filósofo, y si no lo hace por sus propios medios debiera agradecer a quien ejerza la mayéutica socrática desenmascarando su pelotudez. Por algo se empieza, aquel griego nos enseñó que es el modo de empezar.

Necio

El necio, en cambio, es un obcecado con su pelotudez. Incapaz de conciencia socrática, convierte la banalidad en creencia y declama pelotudeces como verdades consagradas, a riesgo de cometer estragos. Mientras el pelotudo es inofensivo, el necio ofende, pero si le discutimos corremos el riesgo de colocarnos en posición simétrica, ventilando secretas necedades; en esto encuentro la inteligencia del refrán que contrapone oídos sordos a palabras necias. Cuando la convicción del necio adquiere mayor relevancia desemboca en la subespecie del fanatismo.

Fanático

Lo es quien enarbolando como cualidad su propia limitación, apunta a la militancia social. La necedad es personal, el fanatismo ama lo masivo. Hitler, con su creencia en la superioridad de la raza aria, fue un necio que congregó multitudes. Porque el necio libra con unción su guerra individual, pero llegado al fanatismo se embandera con su causa e incita con sus argumentos, lo hizo Hitler con Mi lucha. No sé si el necio, sobre todo el fanático, muere por su bandera, pero es capaz de matar por ella. ¿Diríamos que hay delirio en el fanatismo? Tal vez, aunque la noción psiquiátrica de delirio es una ensaladera donde se mezclan procesos por demás diversos con la dudosa condición del apartamiento de la realidad, como si se supiera en qué consiste la realidad. Aunque hay un denominador común: supongamos que lo del ser ario fuese una idea delirante acerca de la raza pura -¿pura de qué? de contaminación con las otras, impuras-. ¿Es menos delirante creer en un Dios tutelar, justiciero, del que no hay constancia de su tutela, de su justicia y menos aún, de su existencia? Y en caso que así fuera, ¿qué clase de fanatismo hace suponer a una congregación que es el pueblo elegido, en desmedro de los demás, también resultado de la determinación divina? Religioso, racial, político, deportivo o como fuere, el fanatismo tiende a la monomanía (término acuñado por Esquirol).

Cínico

A diferencia del necio, el cínico es hábil, eso lo convierte en difícil adversario. Sin ignorar las limitaciones de su posición pero diestro en retórica, su meta es convertirnos en necios. Si el necio suele provocar ese efecto de modo involuntario, para el cínico es deliberado; no hay cínico sin un coro de necios, de ser posible fanatizados, su estrategia lo necesita. Muchos comunicadores sociales, políticos y líderes religiosos son cínicos que cultivan la necedad de sus seguidores. Y cuando los necios creen estar al comando de una creencia, los cínicos celebran.

¿Podríamos aspirar a una sociedad sin este quinteto tipológico? Sería la sociedad perfecta, pero es impracticable. Somos humanos y por serlo no estamos exentos de lo antedicho, aunque tampoco estamos impedidos de advertir que día a día nos movemos entre una caterva de boludos, pelotudos, necios, fanáticos y cínicos, a menudo como uno más del conjunto, entonces nos despabila un tiempo de despertar y absortos nos preguntamos: Pero, entonces, ¿qué soy? No es poca cosa esa pregunta que los boludos ignoran, los pelotudos resisten, los necios niegan, los fanáticos soslayan en la masificación, los cínicos gambetean.

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