Doblando por Garmendia

Doblando por Garmendia Pasó una vez, pasó una segunda vez y después otra, al comienzo no presté atención pero la tercera es la vencida. Recordé una anécdota del fútbol, contada por

Adolfo Pedernera: a los 18 años había debutado, muy joven para aquella época, en la primera de River. Rápidamente ganó el favor de la hinchada y la envidia

de los contrarios con su habilidad para la gambeta, el dribling como se decía, inglesamente hablando, en la época de los halves, fordwars, winges. En un

partido contra Racing le toca de marcador un señor robusto, de profuso bigote. En cierto momento, el joven Pedernera lo enfrenta, la pelota al pie, y lo

gambetea con facilidad; el defensor recupera la posición, se enfrentan otra vez y nueva gambeta. El señor quedaba rezagado pero Pedernera pisa la pelota, lo

espera, lo deja armarse, lo gambetea nuevamente y continúa la jugada, lleno de juveniles ínfulas. Al rato, mientras el juego se desarrolla en otro sector de la

cancha, el señor lo llama: “Venga para acá”, Pedernera se acerca. “Mire jovencito, si me gambetea una vez está bien, si lo hace dos veces vaya y pase, pero si

me gambetea tres veces es una falta de respeto. Usted confunde calidad con cantidad y eso lo perjudica”. “Disculpe señor”, dice haberle dicho Pedernera y

nunca olvidó esa lección de ética deportiva.

La anécdota se había colado en mis ocurrencias al caer en la cuenta de que por tercera vez Oscar llegaba tarde a la sesión de análisis. Me lo había anunciado socarronamente, como es su estilo,

porque había tocado timbre mientras yo estaba en mi casa y abrí la puerta de calle desde allí; cuando llegué al consultorio, me esperaba de brazos cruzados. “Estás llegando tarde” dijo, irónico.

Oscar me gozaba, me gambeteaba por tercera vez.

Mi recuerdo de Pedernera no había venido así como así, en el análisis teníamos antecedentes. Hace un tiempo, Oscar dijo haber soñado algo muy raro, que contó más o menos de este modo:

viajaba a bordo de un barco, rumbo a España, para visitar a unos familiares que lo requerían. El barco estaba en alta mar, pero en un momento dio media vuelta y emprendió el regreso al puerto

de Buenos Aires, como si hubiesen olvidado algo. En la escena siguiente se ve entrando al estadio de Racing, equipo del que es fana, los jugadores acababan de consagrarse campeones y daban la

vuelta olímpica. Oscar se sumó al festejo y cumpliendo en el sueño su sueño del pibe dio la vuelta junto a ellos.

-¿Qué quiere decir esto? -había preguntado de sopetón, a lo que contesté, ganado por el hinchismo:

-Quiere decir que en los sueños puede pasar cualquier cosa, inclusive que Racing salga campeón.

Pero esta vez dejo que el recuerdo de Pedernera quede entre las ocurrencias guardadas para el silencio. Ya que el tema de la llegada tarde había ganado la escena, le solicito que diga lo que se le

ocurra al respecto. Por empezar, comenta Oscar, las tres llegadas tarde sucedieron por algo especial; no venía desde su casa, como es habitual, sino desde la provincia, adonde estas semanas tuvo

que ir por negocios. La vía más expeditiva era tomar por Avenida de los Constituyentes, doblar luego por Chorroarín, desembocar en Triunvirato y por allí llegar a mi barrio. Pero algo no había

funcionado bien, las tres veces había sido igual. Las calles y avenidas no frecuentadas lo sumían en la sensación de estar en un sueño donde se quiere llega a un lugar pero uno permanece en

medio de lo desconocido… No, enteramente desconocido no, agrega que se trata de la sensación de estar en lugares familiares pero descontextuados, que producen una inquietante extrañeza. Y

lo peor fue al desorientarse ante una especie de túnel, que no recordaba o no conocía, en el que entró mientras iba por Constituyentes. Tal vez allí se confundió, ese túnel… reitera Oscar,

dubitativo. -¿Túnel de qué especie? –pregunto, haciendo eco a su expresión.

-Dicho de esa manera… túnel del tiempo.

Algo empieza a destacarse, dejo que continúe.

-¿Cómo pude confundirme y en un momento encontrarme doblando por Garmendia? -se inquieta Oscar.

-¿Garmendia?

-Sí, no es cualquier calle… en mi adolescencia yo tenía una novia que vivía en Garmendia, Margarita. A los de la barra les parecía fea, me preguntaban qué le había visto y yo… por un raro

pudor no decía que no sólo le había visto… que con ella pasaban cosas que con otras no pasaban. Margarita… ¡la tenía totalmente olvidada! ¿Puede ser que ese recuerdo sea el motivo?

-Algo está claro –respondo-, Garmendia tiene algo…

-Garmendia… ¡ya sé quién es Garmendia! Hace tiempo leí un cuento de… tal vez de Dolina, donde el protagonista tenía ese apellido, estaba muy bien desarrollado. Garmendia había pactado con

el Demonio, que se quedaba con su alma a cambio de convertirlo en un conquistador lleno de mujeres. Así fue que comenzó a acumular aventuras, pero en un momento conoció a una mujer por

la que sintió algo distinto; en vez de sumarla a la serie como una conquista más, se enamoró de ella. A esto siguió el desinterés por la vida que estaba llevando, a tal punto que quiso encontrarse

nuevamente con el Demonio y habló con él. Le pidió deshacer el pacto porque ahora veía la vida de otro modo. Extrañamente, el Diablo consintió y rompieron el contrato. Feliz de haber

conseguido liberarse, Garmendia quiso ir al encuentro de su amada, pero al salir de su casa se topó con un marido contrariado, que lo venía buscando porque se había acostado con la esposa. Este

hombre sacó un revólver de un bolsillo y mató a Garmendia de un tiro. –Permanece en silencio, al rato dice:- Es como si Garmendia fuese mi destino, debo revisar mis pactos… ¿Cual será la

salida, Carlos?

-Chorroarín, por donde debías doblar.

-Lo decís a propósito.

-Sí, aunque ignoro el propósito.

-Menos mal, porque uno llega a pensar que el analista lo sabe todo. Te dije que estas veces que llegué tarde venía de hacer unos negocios en la provincia. Me molesta que por la tentación de

ganar dinero termine como un chorro… no eran negocios muy limpios que digamos.

-Y a la tercera vez que llegaste tarde caímos en la cuenta… del pacto con el Demonio. Salteando Chorroarín desembocaste en Garmendia…

-Que pagó con la muerte. Ahora me doy cuenta, hablando de cuentas… de que algo de eso estaba anunciado en aquel sueño que te conté una vez, el del viaje a España en barco.

-Y el festejo en cancha de Racing.

-Si no te hubieras entusiasmado en cargarme por racinguista te habrías dado cuenta de otra cosa.

-¿De qué?

-No llegué a decírtelo. Los parientes que yo iba a visitar parecían llamarme desde España, pero están muertos. El llamado venía desde el más allá. Como Garmendia, iba hacia la muerte y ya que

en los sueños puede pasar cualquier cosa, me salvó el glorioso Racing Club… El lunes vengo por otro lado. ¿Estaré a tiempo?

-Si aprendés de Pedernera...

-¿Otra vez con el fútbol?

-Él también aprendió algo la tercera vez. En la próxima sesión te cuento su enseñanza.

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