Gallo Verde

Leonor y el Gallo Verde

Acabo de regresar de Tandil, adonde viajé para conmemorar un aniversario -no cualquiera, el número cincuenta- de la finalización del secundario en la Escuela Normal Mixta

(Anexo Bachillerato). El tiempo transcurrido me habilita a contar algo de lo ocurrido cuando viajamos a Bariloche en el tradicional festejo de fin de curso. Me habilita un poco porque

para ciertas experiencias el tiempo no transcurre, hay memorias confiadas al olvido capaces de reactivarse cuando, como las sombras de la Odisea, beben sangre (la metáfora es

freudiana). Valga el siguiente ejemplo: en un aniversario anterior, cuando habían pasado veinticinco años de lo sucedido, también nos habíamos reunido. En un momento

mirábamos fotos de aquel viaje a Bariloche, en una la veo a Mariela, jovencita como el resto, y le comento a Cacho: "Mirala a Mariela, ¡Que linda está!", claro -me responde

Cacho- y te acordarás de lo que pasó. No me acordaba y Cacho completó, con ganas de contarlo: "Viajó siendo novia del Flaco, pero en Bariloche, una noche que toco el saxo en

un boliche, no sólo soplé el saxo, también me la soplé a ella. Se lo debo a Summertime, me salía bastante bien". "¿En serio me lo decís?" acoté entusiasmado por algo

que no recordaba-. "Esperá un momento." Y entonces lo llamo: ¡“Flaco, vení, quiero preguntarte algo!. ¡No, no! ¡No lo hagas! exclamó Cacho logrando incentivarme

mientras el Flaco se acercaba. ­¿que Cacho te la sopló a Mariela en Bariloche?. Desde el tiempo en suspenso hizo una exclamacion que no podría reproducir y se fue, molesto, a charlar con

otros. Ahí estaba el acontecimiento, guardado en un silencio que ambos hubiesen querido mantener, o no, poco se sabe de los íntimos vericuetos de cada cual. Cuando en son de broma le

dije a Cacho el otro día que repetiría la escena me rogó que no lo hiciera y no sabía por qué lo desobedecí­, me porté bien y nada dije, tal

vez para dejarlos con las ganas, el tiempo a veces pone dulzor en las asperezas, a veces. Este fin de semana, nuevamente nos encontramos, se descubrió una formal placa acerca de los egresados de

la promoción de 1961 luego de un discurso lleno de enjundia a cargo de Silvia, mi novia de los seis aóos, por aquel entonces hija del dueño de la juguetería; en verdad,

no sabía si ella supo de nuestro noviazgo, pero seguramente no de mi devoción interesada, aún faltaba bastante para que recite la fórmula, ridículamente formal

y hermosamente poética: ¿Querés andar conmigo? En un momento alguien tocó mi hombro, me di vuelta y allá estaba Paco, quien fuera profe de

Psicología, me sentí conmovido porque en su dictado despertaría mi vocación, no dejaría de estudiar medicina, siguiendo la línea de padre

bioquímico y abuelo farmacéutico, pero lo mío estaba en eso, años más tarde la obra de Freud me descubrió‚-riéndome a la intemperie- luego de

haber frecuentado la lectura de Jung. Pero me asombró, charlando con Paco, comprobar que sus conocimientos de psicología eran rudimentarios y comprendí el misterio de una

trasmisión exenta de talento pero certera en ese algo indefinible que define una vida. Se lo comenté a Cacho y me dijo que su decisión de estudiar medicina venía de

las clases de Anatomía del doctor Tuñón, el que tenía la piel color ceniza, el de la persistente risita nerviosa que se acrecentaba cuando estaba por anunciar un aplazo,

el Cirio Mayor en cada Procesión de Semana Santa, ese “carnaval triste" según el viejo Pedersoli, con Cristo Rey Momo. Cuando visitamos el

aula que había sido de nuestro cuarto año, Cacho me llevó a un rincón y me dijo, sin encontrarla obviamente, que allá un compañero

había querido dejar su impronta escribiendo en la pared “Sarazola, 1959" y yo había agregado, debajo, “Chupame las

bolas, 1960". Me puso muy contento recuperar el recuerdo de esas ocurrencias que matizaban las aburridas horas de clase. Como la vez que de un tirón aprendí

epistemología: la profesora de Lógica, Luzuriaga, había escrito en la pizarra “Teoría del Conocimiento" y en la hora

siguiente la de Geografía colgó un mapa tapando parte de la frase y dejando al descubierto un elocuente "miento." Y

aquella clase de Monona, la de atrayentes piernas que cuando caminaba entre nuestros bancos producía un excitante ruidito al frotar las medias de nylon con sus muslos. Pacientemente, una hora

libre quitamos el panel frontal del escritorio y cuando luego del ritual frotamiento se sentó para disertar sobre dibujo los varones, más atentos que nunca, permanecimos fijados a la

enseñanza de su inigualable perspectiva. Y la vez que la señora de Irismendi me entregó mi prueba de inglés, a la que había calificado con un

enfático “10 distinguido" y yo la hice un bollo para jugar al metegol entre los pupitres, pero al rato me la pidió para ponerla de ejemplo ante

otro alumno y respondí -lo recuerdo-, “la estrujé", cuando sin alternativa le entregué el bollo

cambió el 10 por un 1; me dio vergüenza, porque mi padre era amigo de su marido, pero después comprendí que también tenía sus

bollos. Y Pedrito, la vez que salió más que enojado porque lo habían bochado en el examen de Literatura Española, le pregunté el motivo y me dijo que le

habían pedido que hablara del Infante Juan Manuel ¡y ni siquiera le habían dicho el apellido! Antes de retirarnos, Pablo, Cacho y yo nos fotografiamos en el pórtico

donde cincuenta años antes nos habían retratado a los cuatro que estudiaráamos medicina, diploma en mano. Nada dijimos pero nos golpeó el lugar vacante de Roberto,

quien poco después de comenzar a estudiar abandonó medicina y hace un tiempo nos dejaría del todo. Y Julio, querido compañero objeto de muchas cargadas, que se

suicidó, y el talentoso Orlando, alguien dijo que está retirado en condición de monje, y el loco Molanes, desaparecido, y Monard, de cara larga y silenciosa, a la que perdimos el

rastro, y Alicia, que en cada aniversario se negó a venir, y el Colorado, tan retraído que cuando se soltaba llegaba a ser tímido, y... Curioso personaje, la

memoria, me había propuesto hablar de Leonor y aparecieron alusiones que no la nombran, y no porque le estuviese guardando el papel protagónico. Adelanto mis disculpas a Zulma, Jean

Josianne, Anuncibay, Marita, Marta, Bariffi, Chiqui, ativia, Cristina, Ramos, Mabel, en abigarrado acompasar de nombres y apellidos y los de quienes por temor a pifiar no menciono pero

están presentes. Podría mencionar a Zulma y remontarme a Orlando, a Marita y también a Pablo, a Cristina y el funesto Daniel, a Marta y su ex-marido, con el que tuve un

encontronazo y los demás, de cada uno se desprendería un hilo de ocurrencias, pero la memoria elige a su arbitrio. ¿Quién era Leonor? Procedente de una familia

salteña de alcurnia y casada con un señor de preclaro apellido al que llamábamos Taurocen porque era un Centauro al revés, cara de caballo y cuerpo de hombre,

Leonor era profesora de Historia y Geografía, poco recuerdo de sus dictados pero sé que nos infundía un temeroso respeto, incentivado por el mechón de pelo blanco

que adornaba su norteña tez morena y el corte sobrio y distinguido, tal vez altanero de su vestir. No obstante, Leonor era agradable y, el tiempo lo fue demostrando, jugaba a nuestro favor, sus

alumnos. Cursábamos cuarto año cuando nos comentó, ignoro a propósito de qué, la usanza salteña de organizar festividades en cierta

época del año. La idea prendió, también nosotros podríamos dar curso a una festividad estudiantil, y qué mejor que hacerlo para el día

del estudiante, el de la primavera. Así surgió la “farándula estudiantil", obtuvimos la autorización municipal y ese

día salimos a las calles con discretas carrozas y afanosos disfraces. Fiel a sus devaneos, Molanes fue un extraterrestre, Zulma y Roberto Laurel y Hardy, Alicia y yo Josefina y Napoleón y

tantos otros. Y después a bailar, aún recuerdo lo insólito de haberme "declarado" a la hija del panadero vestido

de Napoleón y el beso que le robé, bah, nos dimos en la esquina de la panadería una vez sacado el cruzado sombrero para que no molestara y liberadas las manos por

detrás y por delante de la postal napoleónica para mejores propósitos. La organización se hizo una vez que nos constituimos en grupo con nombre propio: el Gallo

Verde, tomando de prestado el dibujo del logo a una marca de arroz y el nombre de la quinta de mis padres, "La gallina verde". Como todo fue muy intenso olvido

cantidad de acontecimientos, invito a mis compañeros a salvar los hiatos, pero me importa destacar ¿fue así? no creo equivocarme- que Leonor fue nuestra fuerza impulsora y

no sólo eso, también asesora en íntima complicidad a pesar del mechón blanco que nunca se le despeinaba. Por ese entonces emprendí la

redacción de un cuaderno, el del Gallo Verde, que luego circularía entre todos, en el que volcamos dibujos, chistes, poemas, ocurrencias, devaneos, discusiones. Y comenzamos a planear el

que sería el viaje de fin curso al concluir quinto año. Movimos la ciudad con festivales, bailes, rifas -recuerdo a la pobre señora que nos consultaba por

el ganador de un equipo de audio comprometido en consignación en Casa Escal, ella lo había ganado y nunca se lo dijimos, ahorrando unos cuantos pesos-. El viaje en

avión estaba completamente fuera de nuestro alcance, también cualquier ómnibus de línea, por lo que contratamos un viejo colectivo de rígidos asientos con

el respaldo en ángulo recto y nos largamos a la aventura acompañados, según el protocolo, por una madre, la sufrida madre de Bariffi, y una profesora.

¿Quién? Obviamente, Leonor. Al volante estaba el circunspecto Bigotes, un señor al que alguien escuchó decir, tal vez musitando para sí mismo:

"Esa señora me gusta", refiriéndose a Leonor. Secundándolo iba el Nene, personaje de la noche tandilense, habitual concurrente del

cabaret la Novel y La Vienesa, lugares de dudosa moral, tal vez alguno fuera de él, ninguno de nuestros padres lo supieron. Cuando luego de un extenuante itinerario llegamos a

Neuquén, cruzamos el río en balsa, primero el colectivo y luego nosotros, pero antes hicimos noche. Me produjo algo de culpa abandonar a mis compañeros al

inhóspito ángulo recto de los asientos, pero el Nene me había invitado a frecuentar los cabarotos de la ciudad, tenía conocidos, y pasé la noche mejor que

ellos. Instalados en Bariloche, una pocilga para las mujeres pero que les gustó, un hotel menos que discreto para los varones. Y comenzamos las andanzas, matizadas con los

esporádicos enfrentamientos con una delegación de marplatenses, a ellos les gustaban nuestras chicas, a nosotros las de ellos. Y fue la noche de Cacho y su saxo, y el internarse de Orlando

en los barrios marginales, y los paseos y la "invitación", una noche, de Leonor a ver el claro de luna en la costanera, la acompañaba Bigotes. Después

llegaron los comentarios: que la vi entrar o salir de tal o cual lado, Leonor marcaba nuestro rumbo. No quiero decir que fue así, mi memoria lo recuerda así. Bigotes repentinamente locuaz,

el Nene un manso acompañante, Leonor sonriente y dicharachera, la mamá de Bariffi en su mejor desempeño, haciéndose notar poco, nosotros repartiendo

emociones, soledades, enfáticos, mentidos logros y algunos reales imposibles de distinguir, emprendimos el regreso. Ignoro cuánto tuvo de resaca, pena, alegría o merecido

descanso. Y un día cualquiera llegamos a Tandil, a poco de concluir el bachillerato nacional. Y otro día Leonor nos convidó a una comida en su casa. Yo había escrito

una marcha y, sabiamente, nos pidió que la cantemos en presencia del Taurocen. ¡Grande, Negra! Reproduzco la letra (a la distancia resulta de ingenua osadía):

Cuando volvamos al colegio
Nacional, Nacional, Nacional,
cuando volvamos al colegio
gran despiole se ha de armar,
Nacional, Nacional,
gran despiole se ha de armar.

Narraremos lo ocurrido,
Nacional, Nacional, Nacional,
narraremos lo ocurrido
en pocas palabras,
Nacional, Nacional,
en pocas palabras.

Después de mucho golpe,
Nacional, Nacional, Nacional,
después de mucho golpe
logramos arribar,
Nacional, Nacional,
logramos arribar.

La Negra estaba chinchuda,
Nacional, Nacional, Nacional,
la Negra estaba chinchuda
porque nos vio chapar,
Nacional, Nacional,
porque nos vio chapar.

Ante el paisaje hermoso,
Nacional, Nacional, Nacional,
ante el paisaje hermoso
nos pusimos a pensar,
Nacional, Nacional,
nos pusimos a pensar.

Si visitamos mucho,
Nacional, Nacional, Nacional,
si visitamos mucho
no podremos bailar,
Nacional, Nacional,
no podremos bailar.

¿Cuál fue la resultante?
Nacional, Nacional, Nacional,
¿Cuál fue la resultante
de todo el razonar?
Nacional, Nacional,
¿de todo el razonar?

Se milongueó tupido,
Nacional, Nacional, Nacional,
se milongueó tupido
en vez de excursionar,
Nacional, Nacional,
en vez de excursionar.

Y comenzó el despiole
Nacional, Nacional, Nacional,
y comenzó el despiole
que nadie creerá,
Nacional, Nacional,
que nadie creerá.

La Negra entre otras cosas,
Nacional, Nacional, Nacional,
la Negra entre otras cosas
dio la nota al comenzar,
Nacional, Nacional,
dio la nota al comenzar.

Con un negro bigotudo,
Nacional, Nacional, Nacional,
con un negro bigotudo
la luna se fue a mirar,
Nacional, Nacional,
la luna se fue a mirar.

Y mejor no mencionemos,
Nacional, Nacional, Nacional,
y mejor no mencionemos
a las chicas en general,
Nacional, Nacional,
a las chicas en general.

Dolce Vita presente,
Nacional, Nacional, Nacional,
Dolce Vita presente
con Gallo Verde está,
Nacional, Nacional,
con Gallo Verde está.

Y mejor aquí dejamos,
Nacional, Nacional, Nacional,
y mejor aquí dejamos
para no complicar,
Nacional, Nacional,
para no complicar,

Pero antes una cosa,
Nacional, Nacional, Nacional,
pero antes una cosa
para no tomar a mal,
Nacional, Nacional,
para no tomar a mal.

Este viaje ha sido,
Nacional, Nacional, Nacional,
este viaje ha sido
de estudio y nada más,
Nacional, Nacional,
de estudio y nada más.

Cantamos y los del Gallo Verde reímos, el Taurocen rió y con él Leonor, y entre risas y disimuladas lágrimas supimos que habíamos concluido un periplo de nuestras vidas e iniciaríamos otro. Hace pocos días

nos reunimos para conmemorar el paso por las aulas del colegio, la actualidad o el pasado, la potencia de lo acontecido le concierne a cada uno.


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