El sino de Luisa o el amor a primera vista

        Dejando de lado algún relato y canciones alusivas, no conozco desarrollos acerca del amor a primera vista. No obstante, la idea tiene arraigo; por poco que nos detengamos en nuestras historias íntimas

se activan recuerdos de haber sido alcanzados por el artero flechazo de un integrante del séquito de Afrodita.1

        Lo que sigue no es ajeno a esa eventualidad. A medida que desarrollaba la observación clínica acerca de Luisa se me impuso que la impronta de un amor a primera vista requiere, para ser tal, lo que

suele presentarse como detalle –indistinto o crucial-, emparentado con lo que en la formación del sueño Freud distingue como resto diurno. Un sueño teje su trama en un vaivén de sucesos recientes y escenas que

el pasado alborota sin misericordia, valiéndose de sutiles enlaces propiciados por restos, percepciones al acaso, resabios de la vigilia que sin reclamar un primer plano sólo una consideración ulterior revela su

importancia. Ejemplo paradigmático es el sueño propio que Freud titula “monografía botánica” y consigna de este modo:2 “Soy autor de una monografía sobre cierta planta. Tengo el libro ante mí y vuelvo

la página por la que se hallaba abierto y que contiene una lámina en colores. Cada ejemplar ostenta, a manera de herbario, un espécimen disecado de la planta”. De tan sencillo, parece contrariar lo abstruso de

la mayoría. Al comenzar su análisis Freud ubica el resto diurno: la mañana del día anterior había visto, en el escaparate de una librería, una monografía dedicada a un género de plantas: los ciclámenes. Al

momento repara que la flor preferida de su mujer es un ciclamen, se dice que debiera llevarle flores con mayor asiduidad. Luego recuerda un episodio que poco antes comentara en una reunión para

argumentar que los olvidos son, frecuentemente, actos inconscientes: una mujer, paciente suya, había irrumpido en amargo llanto la vez que el marido olvidara obsequiarle flores para su cumpleaños, tal

como hacía cada aniversario; desconsolada, entendía que ya no ocupaba el mismo lugar de antes en su intimidad. Advierte que pocos días antes había mencionado a esta mujer en una conversación con su colega

Königstein, oculista y amigo, mientras caminaban por la calle; en un momento se habían encontrado con el profesor Gärtner (jardinero) y su joven esposa, a quienes felicitó por hallarlos florecientes. Las

ocurrencias de Freud transitan temáticas diversas que destacan íntimas relaciones: flores, mujeres, colegas, el padre, los viajes, la afición por los libros, su investigación sobre la cocaína, que permitió

descubrir sus propiedades anestésicas -el profesor Gärtner no era ajeno al tema y su amigo Königstein empleaba la cocaína en cirugía ocular, lo había hecho al operar de glaucoma al padre de Freud-… la

redacción del libro en el que habría de incluir el relato de este sueño, lo titularía La interpretación de los sueños… hasta desembocar en un precioso recuerdo de los cinco años que porta en clave un

entrevero de erotismo, desfloración y bibliomanía.

        Libro abierto en el escaparate de una librería. Resto en el que cabe un mundo, el del creador del psicoanálisis. Del mismo modo, soñado por quien sea puede tratarse de un zapato manchado de barro,

del silencioso tejado de un solapado reflejo en los anteojos de una mujer que pasea su perrito, de un muchacho apoyado en una balaustrada… portadores de compleja significación, inagotables referencias que

en el no descanso del dormir dan consistencia al sueño y a veces despabilan un amor a primera vista. Hojas al viento atravesadas por un flechazo.

        De tan contundente, la presentación de Luisa en consulta resultó precaria. Ni bien sentada al otro lado de mi mesa de trabajo dijo haber venido para lograr un control firme sobre su vida; habiéndose

impuesto el esfuerzo me solicitaba, consecuentemente, que sume mi saber profesional para alcanzar el objetivo. Ejemplificó mencionando lo imperioso de concentrarse, sacudiendo ideas parásitas, para ser

más efectiva en su desempeño laboral, en la relación con su hijo veinteañero, en sus relaciones de pareja. Punto. A mi obvia observación, en eco de sus palabras, acerca de que lo suyo era una apuesta al

control de vaya a saberse qué, agregó que efectivamente, así era la cuestión y retóricamente preguntó qué otra cosa cabe esperar de un especialista en psicología. Extendiendo la obviedad a la segunda

intervención, dije que el afán de control no sólo sería actual en ella, tendría ramificaciones en su historia. Por cierto, respondió mezclando orgullo y convicción, la procura de control es un rasgo, una marca

a lo largo de su vida. En mi tercera intervención abandoné la obviedad; con una suavidad no exenta de firmeza le solicité tener en cuenta que a pesar de tratarse de un rasgo de su persona la apetencia de

control tenía fisuras, al punto de haber venido a solicitar ayuda para efectuar una soldadura que impida los escapes.

En consecuencia, le pregunté si entendía que un psicoanálisis consistiría en eso. Arqueando las cejas con un dejo de perplejidad exclamó: “¿Acaso no es así?”. Contesté que si nos esforzáramos por

acrecentar el control provocaríamos nuevas fisuras. Si por las fisuras escapaba algo podíamos averiguar de qué se trata aunque para ello el requisito era inverso al control: tendría que dejarse llevar por las ocurrencias,

sean las que fueren, en lo posible sin censurarlas ni seleccionarlas según su importancia. Dada la contundencia de su presentación era factible su reacción airada, quizá el anuncio de que no estaría dispuesta

a tratarse pero no, se arrellanó en el asiento y dijo: “Entonces, ¿qué tengo que hacer?”. Opté por señalarle el dilema, la tensión entre los contrarios: de un lado dejarse llevar por lo que se le ocurra, sea lo que

fuere, del otro el pedido de una respuesta mía que indique lo que se debe hacer, una variante de la busca de control.

        Comenzamos el tratamiento. En el tiempo que llevamos, Luisa ha logrado esporádicos

momentos de permeabilidad anímica que dieron curso a interesantes desarrollos; no obstante, hacia el final de las sesiones suele aparecer, por efecto de rebote, el consabido afán de control: “¿Qué hago?”.

“¿Cómo lo hago?”. Si le digo que le será posible saber qué o cómo hacer cuando no necesite formular esas preguntas, pregunta cómo hacer para no hacer las preguntas. Cuando mi intervención roza una

misma, zona de su intimidad a la que es particularmente sensible, suele reaccionar con una argumentación que subraya su proceder.

        En el discurrir de Luisa se reitera una indeleble idea de familia; no es sólo metáfora,

lleva tatuada en el pecho la palabra Ohana, que en idioma hawaiano significa “familia”.3 Nunca estuvo en Hawái; vagamente sabe de Honolulu, nada dice de Puerto de Perlas, situado al oeste de Honolulu;

Puerto de Perlas es Pearl Harbor. Preguntada por mí, no se le ocurre que Hawái sea un archipiélago en medio del Océano Pacífico, pero tiene por seguro que si viajara se quedaría a vivir allí. A Luisa parece

bastarle el laconismo de la inscripción en su cuerpo, cifra de su aleph,4 de su universo. Cuando tarde o temprano la relación con un hombre se aleja de lo que debiera ser, Luisa se cierra sobre sí misma,

enfatiza la incumplida expectativa y aspirada por el torbellino de su ofuscada revuelta, la relación fracasa. Acuñando un dudoso neologismo, le señalo que injustifica la relación que fuere por no adecuarse a su

propósito, que ella denomina su “estructura” por lo rígido, invariante. Ante la alternativa de examinar la prepotencia de ese ideal, olvida la regla fundamental -relativa a dejar fluir las ocurrencias- pone

atención en escucharme como acicate para incrementar su tendencia. En circunstancias como estas suelo recordar una esclarecedora carta que en 1907 Freud le enviara a un discípulo, a propósito de las

contrariedades producidas en la relación con colegas refractarios a los puntos de vista del psicoanálisis.5 Su enseñanza, que es para la vida, también lo es para los frecuentes atolladeros clínicos. Irónico,

Freud escribe: “En lo que a mí respecta, ha aumentado mi respeto por el psicoanálisis, pues estaba a punto de decirme: ‘¿Cómo? ¿Ya nos hemos ganado al mundo tan solo con diez años de lucha? Entonces,

estábamos equivocados`… La gente no quiere saber la verdad, y por ello no está capacitada para la comprensión de las cosas más sencillas. Cuando llegue el momento, ya verá cómo pueden entender las

ideas más complejas. Hasta entonces no podemos hacer otra cosa que seguir trabajando y caer lo menos posible en vanas discusiones”. A sabiendas de que el hacer consciente lo inconsciente no puede ser

forzado, Freud nos hace ver que la regla de abstinencia, fundamento de la clínica, consiste en abstenerse de querer convencer y en estar dispuestos a que cuando sin anuncio ni bambolla llegue el momento, nos

encuentre con la escucha abierta. Quien pretenda ejercitarse en el difícil arte de interpretar, concluye Freud, “habrá de impedir durante su labor toda crítica, todo prejuicio y toda parcialidad afectiva o

intelectual. Su lema deberá ser el que Claude Bernard escogió para el investigador en el laboratorio de fisiología: Travailler comme une bête, con igual tenacidad e igual despreocupación de los resultados

que puedan obtenerse”.6

        Poco después de haber volcado lo precedente a estas páginas, vino a mi encuentro un eco del lema de Claude Bernard mientras leía El Palacio de la Luna, novela de Paul Auster,7 en un

tramo en que sin dinero ni techo el protagonista vagabundea por el Central Park de Nueva York y se le impone lo siguiente: “Si lograba mantener el adecuado equilibrio entre deseo e indiferencia, me

parecía que de alguna manera podía conseguir por medio de la voluntad que el universo me respondiera… A medida que pasaba el tiempo, empecé a notar que las cosas buenas me sucedían sólo cuando dejaba de

desearlas. Si eso era cierto, entonces también lo era lo contrario: desear demasiado las cosas impedía que sucedieran. Esa era la consecuencia lógica de mi teoría, porque si me había demostrado que podía

atraer al mundo, de ello se deducía que también podía repelerlo. En otras palabras, conseguía lo que quería sólo si no lo quería. No tenía sentido, pero lo incomprensible del argumento era lo que me atraía.

Si mis deseos únicamente podían ser satisfechos no pensando en ellos, entonces todo pensamiento acerca de mi situación era necesariamente contraproducente. En el momento en que empecé a abrazar esta

idea, me encontré haciendo equilibrios en una imposible cuerda floja de consciencia”.

        Por poco que lo pensemos, debemos admitir que a la aseveración acerca de que llegado el momento, cuando las condiciones

son favorables es posible entender las cosas más complejas, le asiste verdad. La experiencia clínica nos enfrenta una y otra vez a lo improductivo de insistir cuando las condiciones no están dadas,

condiciones que dependen del lema de Claude Bernard, al que también podemos denominar paradoja de Paul Auster. Recuerdo a un maestro que al observar en reuniones de supervisión que arremetíamos con juvenil

enjundia contra el bloqueo de un paciente, nos decía que la resistencia psíquica no es una pared a derribar, deben hallarse las líneas de fisura para insinuar allí la intervención y permanecer atentos al devenir

de las ocurrencias ulteriores. El instrumento interpretativo es menos maza que estilete. En el momento menos pensado el/la paciente nos sorprende con un “claro, es así”… o un “siempre lo supe”… Los

ingleses lo llamaron insigth, con no menguado rigor nosotros entendemos que en un recoveco de su intimidad le cae la ficha. Hasta la llegada de ese momento, el/la paciente puede impacientarse: la

angustia, la exasperación, el desconsuelo, el desvarío pueden sacarle de quicio. En tanto el terapeuta, si no logra sostenerse en la paradoja de Paul Auster quizá ejerza una función moral -disuasoria o imperativa- pero

difícilmente la de analista.

        Para mentar el vaivén de falsedades que enmascaran verdades, de verdades que escamotean lo vacuo quizá no haya mayor destreza que la de John le Carré en sus novelas de espías.

Preguntado por su modo de indagación, su personaje-emblema dice en El peregrino secreto:8 “Oh, descubrir al embustero requiere un cierto arte, desde luego –concedió Smiley dudando, y tomó un sorbo

de la copa-. Pero el verdadero arte reside en reconocer la verdad, lo cual es mucho más difícil… De vez en cuando las personas actúan tal como son y dicen la verdad tal como ellas la entienden y, desde luego,

son los pobres diablos a los que siempre se caza. No hay nadie menos convincente para nuestro miserable oficio que el hombre inocente que no tiene nada que ocultar”.

        No es temerario afirmar que las múltiples relaciones entre lo inconsciente y la conciencia están presentes de un extremo a otro en las conceptualizaciones de Freud. Me limitaré a lo que estipula al

culminar La interpretación de los sueños:9 “Todo lo consciente tiene un grado preliminar inconsciente, mientras que lo inconsciente puede permanecer en este grado y aspirar, sin embargo, al valor

completo de una función psíquica. Lo inconsciente es lo psíquico verdaderamente real, su naturaleza interna nos es tan desconocida como lo real del mundo exterior y nos es dado por los datos de la conciencia

de manera tan incompleta como lo es el mundo exterior por las indicaciones de nuestros órganos sensoriales”. Y luego: “Es privilegio de la actividad consciente, del que mucho se abusa, el poder ocultarnos

todo lo demás siempre que ella participa”. Cuando en las sesiones con Luisa mis intervenciones ponían en cuestión la zona sensible de su intimidad asentada en la dura conformación de un ideal de familia,

ella reaccionaba apoyándose en argumentaciones, y si le hacía notar que se justificaba, exacerbaba el rechazo al incumplimiento de su ilusión. A esto le cabe la estima de Freud acerca de que el discurrir

consciente puede escamotear todo lo demás, precisamente aquello que la interpretación apunta a develar. Llegamos al siguiente problema: algo inferido por la interpretación -un incólume ideal de familia en

este caso- puede constituir el núcleo de un

conflicto inconsciente y a la vez ser una refutada evidencia consciente. Precisamente aquí, en esta tópica –concerniente a los sistemas psíquicos- establece Freud un fundamento de su metapsicología.10 En “Lo

inconsciente” se pregunta si cuando una representación, un acto psíquico inconsciente alcanza la conciencia debe inferirse el dinamismo de un cambio de estado o acaso sucede que el registro inconsciente

produce una transcripción al alcance de la conciencia. Lo primero sería una suerte de burbujeo en ascenso hacia la superficie psíquica, lo segundo una doble inscripción de las huellas del recuerdo.

        Inscripción, transcripción, traducción, escritura, claves del cifrado inconsciente. Sin duda, La interpretación de los sueños es la gran obra que da cuenta y desarrolla estas cuestiones, planteando que el

lenguaje del sueño debe ser considerado como una escritura jeroglífica. En un artículo escrito tiempo después -1913-, titulado “Múltiple interés del psicoanálisis” o “El interés por el psicoanálisis” (según la versión en

castellano que se consulte) hallamos rigurosas precisiones cuando se ocupa de la ciencia del lenguaje, con la advertencia de que el lenguaje no se circunscribe a la expresión de pensamientos en palabras; toda

expresión del suceder anímico, en la que tiene un lugar importante la escritura, es lenguaje; las interpretaciones del psicoanálisis son, principalmente, traducciones de extrañas formas expresivas a un modo

comprensible. “La interpretación de un sueño es en un todo análoga al desciframiento de una antigua escritura figurada, como los jeroglíficos egipcios… La múltiple significación de diversos elementos del

sueño encuentra su reflejo en estos antiguos sistemas gráficos… El lenguaje de los sueños, puede decirse, es la forma expresiva de la actividad anímica inconsciente; pero lo inconsciente habla más de un

dialecto”. Según Jean-François Champollion12 –descifró la escritura jeroglífica egipcia valiéndose de la piedra Rosetta-, “es un sistema complejo, una escritura al mismo tiempo figurativa, simbólica y

fonética en un mismo texto, en una misma frase, casi diría en una misma palabra”.13 Se entiende la pasión de Freud por las estatuillas egipcias; llegó a tener seiscientas, que formaban parte de su vasta colección de

piezas antiguas de procedencia egipcia, griega, romana, etrusca, hindú, china.

        Decir que lo inconsciente es relativo a una escritura ancestral violenta la idea de lo inconsciente como locación subconsciente de

la función comunicacional de la palabra. Hay en la noción de escritura una complejidad que no admite ser reducida a una transcripción del lenguaje a la manera de ayuda memoria. Al postular que lo

inconsciente está configurado como una antigua escritura, Freud ubica esta problemática, luego desarrollada por antropólogos como André Leroi-Gourhan,14 para quien “es extremadamente sano que la

ciencia del ser humano sea la más interdisciplinaria de todas las ciencias”. Entre sus importantes contribuciones, impulsó la noción de mitograma: cohesión figurada de animales y signos geométricos que

patentizan relaciones del ser humano con su entorno dando forma a mitos familiares.

        Lo inconsciente se expresa en más de un dialecto. Próximas y con frecuencia en contigüidad con el soñar están las fantasías, al punto

que se las suele entender como sueños diurnos ya que –según Freud-15 “los sueños nocturnos no son en el fondo otra cosa que un sueño diurno dotado de una mayor maleabilidad por la libertad nocturna de

las tendencias y deformado por el aspecto nocturno de la actividad psíquica... existen sueños diurnos inconscientes susceptibles de originar tanto sueños nocturnos como síntomas neuróticos”. La realidad

psíquica que impregna las fantasías compite con la realidad material y resulta que “en el mundo de las neurosis la realidad que predomina es la realidad psíquica”.16

        Suele ser tema recurrente, en las sesiones de Luisa, la relación que hace años tuviera con Rafael, padre de su hijo, por el que ha dejado de aportar económicamente… En fin, insiste Luisa para sí

misma, en más de un modo Rafael dejó de aportar. Tardó en advertir que él tenía la cabeza en otro lado; sus frecuentes viajes, su aire ausente al estar formalmente presente… y cuando ella insistía en querer conocerl

el motivo respondía que “estaba gris”, hasta que a Luisa le resultó evidente que otra mujer habitaba la zona neblinosa. Sin aguantar más y a pesar de los ruegos de Rafael, fue terminante. Se separaron. Alguna

vez estuvo enamorada de él, fue más que un arrebato pero ahora, pasados los cuarenta tiene la amarga certidumbre de que no volverá a enamorarse. Pero no se explica que a pesar de pensar en Rafael con

frecuencia, las veces que se encuentra con él sienta indiferencia, incluso extrañeza ante esa persona desgajada de su amor. Tal vez se deba a que ella es muy estructurada y lo quiso intensamente mientras formaba parte de su idea de familia, se dice, y

ahora que está fuera le resulta ajeno, tanto como se mantiene, mojón inalterable, su cerrada concepción familiar. En los esporádicos encuentros suele recordar la letra de un tango: Y ahora que estoy frente a

ti parecemos, ya ves, dos extraños… lección que por fin aprendí, cómo cambian las cosas los años... Extrañeza que deja flotando incómodas preguntas en el desfiladero de lo inaprensible: ¿Quién es? ¿Quién?

¿Quién soy?

        Anteriormente cité a Leroi-Gourhan celebrando la interdisciplina, es momento de valerme de ello. Luisa no sabe de Leroi-Gourhan, si le explicara sus puntos de vista suscribiría lo siguiente:

en un antropológico salto desde culturas primitivas a la actualidad, ella y Rafa están asistidos por aggiornados mitogramas –en definitiva, mitos originarios, es decir, relativos al origen, posición y

perspectiva del linaje familiar-, con algún punto de encuentro y líneas de discordia: el de Luisa es de esforzado emprendimiento, lucha ante la adversidad y cohesión familiar, largamente principista. Alguna vez que

apelara a los Ingalls -enjundiosa familia televisiva que lograra gran fama- para ilustrar su concepción, se permitió intercalar un reparo: la realidad virtual de los protagonistas de esa serie difería de la vida

real de los actores, dijo; quien encarnaba al padre carecía de las virtudes del personaje, era un tipo cuestionable. Luisa no especificó en qué consistía la flaqueza humana del actor; quizá su objeción apuntaba a

la insalvable discordia entre fantasía y realidad. El mitograma de Rafael, en tanto, le tenía asignado un lugar de Salvador, una suerte de Cristo laico (no llegué a distinguir si había una enmascarada ironía en la

interpretación de Luisa). Los padres de ella murieron, con escasa diferencia de tiempo, a poco de iniciada la relación. Rafael fue sostén, respaldo, aliento, hasta que ella se recuperó de la pena. Tuvieron un

hijo, la relación funcionó hasta que Rafael ingresó en la zona grisácea. Después de la separación, a Luisa se le impuso que por raro que le pareciera, Rafael era un Salvador, la había rescatado del

desconsuelo y al percibir que se restablecía su compromiso se había disgregado. Aún hoy, que son dos extraños, reconoce las derivaciones de esa apetencia redentora que alguna vez le fuera dedicada, cuando ocupara un

lugar desfalleciente en el afán de él y ella lo ungiera en su íntimo mitograma.

        En las culturas en las que fue estudiado se entendió al mitograma como factor de cohesión grupal, en tanto lo que aquí

refiero concierne a un íntimo ideograma que hasta puede resultar ajeno al grupo circundante. Lo ubico en la tiranía de una ilusión que debiera imponer, en lo relativo a Luisa, una familia cohesionada

–estructurada es el término que ella emplea- merced al sacrificio, etc. etc. Tal vez esta forma de concebir el mitograma pone al descubierto falencias de trasfondo que también en organizaciones primigenias

pudieron incitar formaciones reactivas, rituales que dieran curso al culto denegatorio de lo contrario, de lo contrariado, instaurando blasones narcisistas que enmascaran lo ominoso. A estos memoriales,

magnificados recuerdos encubridores, les caben las despojadas palabras con que René Chateaubriand concluye sus Memorias de Ultratumba:17 “Mi vida no está asentada sobre la tierra tan sólidamente

como las torres en que pasé mi juventud, y el hombre resiste menos las tempestades que los monumentos elevados por sus manos”.

        Rafael produjo en Luisa un antes y un después. No volverá a enamorarse, no hay

quien calce en su estructura. Cuando le dice al hijo lo mucho que le pesa no haberle dado una familia, él protesta, lo de ellos es una familia, reducida, pero no deja de ser familia. No, enfatiza Luisa, una

familia es otra cosa. Ajena a la paradoja de Paul Auster, carga el peso del esfuerzo infructuoso.

        Cuestiones que se desprenden de lo antedicho: ¿Qué otra cosa es una familia? ¿Cómo es que la tiranía de la

cosa familiar no deja lugar a otras cuestiones, otros deseos? Porque Rafael fue quien fue para ella en tanto partícipe de una idea de familia, tema que ha condicionado otras relaciones. No fue fácil –como si

algún análisis lo fuera- alcanzar las condiciones favorables para transitar estas preguntas y sus derivados. Si me interesaba por sus padres dibujaba un perfil de familia consolidada que tanto sugería una

enmascarada fragilidad como cualquier otra alternativa. Con algún esfuerzo recuerdo que ha mencionado a un hermano y a una tía que suele asistirla cuando pasa por una penuria económica y luego se

cobra en recriminación. ¿Amistades? Poco ha dicho de ellas, de algunos comentarios suyos se desprende que es querida, valorada por sus amigas.

        Preguntada por cómo Rafael llegó a su vida respondió vaguedades, hasta comenzar una frase que me despabiló: “Fue en las olimpíadas provinciales de atletismo”. En su juventud practicaba atletismo.

Cierta vez se llevaron a cabo unas competencias en Mar del Plata; alojada con su grupo en un hotel compartido con otra delegación ahí estaban las muchachas, expectantes por conocer a los llegados de una

ciudad vecina. Ella se encontraba en un amplio balcón que daba al mar charlando con una compañera cuando repentinamente vio a un joven salir de la sala de reuniones, llegó hasta la balaustrada y se

acodó, en tres cuartos de perfil. ¿Si lo hizo adrede? Siempre hay deliberación cuando se es joven en cercanía de muchachas. “Es Albert Ingalls, el padre de mis hijos, se llama Rafael” exclamó Luisa, tan lacónica

como exultante, ante la sorpresa de la amiga. Debía llamarse Rafael, desde que el recio Alberto de Mendoza la impactara con El Rafa en la televisión. Luisa no se dijo que lo suyo fuese chifladura, era el

énfasis que tenía para ofrecerse, colgado en la percha de un íntimo desconocido.

        Incitada por mí a soltar ocurrencias, recordó que con sus compañeras habían hurtado en la administración el listado de los

participantes de la otra delegación. Uno a uno los habían individualizado, pero aún faltaba Rafael Domínguez; su ausencia había concitado el interés por saber quién era. Hasta que salió al balcón, hasta que

se acodó en la balaustrada en perfil de tres cuartos, mar de fondo… En un destello de amor en la íntima sala de montaje, Rafael fue el Rafa que fue Albert Ingalls, venidero padre de sus hijos, sin que Luisa

advirtiera la discordancia entre virtualidad televisiva y virtuosismo real. O tal vez por eso. Amor a primera vista. Carente de timidez, lo de Luisa fue arrojo, un acto de fe.

        Sinuoso jeroglífico ajeno a las estatuillas coleccionadas por Freud, marfil convertido en plástico, sino de Luisa, ícono de Disney, enigma hawaiano.

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        1) Según la Teogonía de Hesíodo, Hímero y Eros, dioses alados con apetencia de lujuria y deseo, estuvieron presentes en el nacimiento de Afrodita. Otra versión del mito establece que eran hijos de Afrodita, consecuencia de sus amoríos con Ares, dios guerrero, con lo que la pretensión de

hacer el amor, no la guerra, no resulta muy griega que digamos.

        2) Capítulo V de La interpretación de los sueños. El texto de esta y otras citas que figuran en las Obras completas de Freud resulta de haber cotejado e intervenido en las traducciones de López-Ballesteros (Biblioteca Nueva, Madrid) y de Etcheverry (Amorrortu, Buenos Aires).

        3) Sea o no que se trate de parientes sanguíneos, esta noción de familia enfatiza la fuerte, ineludible ligazón que debe imperar entre sus miembros. “Ohana significa familia, y la familia nunca te abandona ni te olvida” es el emblema de Lilo & Stitch, película de animación producida por Disney.

        4) Un antiguo jeroglífico protocananeo -mil años a.C., antecedente más lejano de los actuales alfabetos- representaba a un buey. Al formarse los conjuntos ordenados de las letras llegó a convertirse en la primera letra del hebreo, del persa, del arábigo como aleph, álef o alif, también pasó al fenicio –alp-, al griego –A-, al cirílico –A, al latino –A-. Si se invierte la A puede reconocerse, resabio del jeroglífico, la cabeza del buey con sus cuernos. En matemáticas, Georg Cantor empleó el signo gráfico álef en su teoría de los conjuntos para situar el punto cardinal de los números infinitos, en tanto J.L. Borges escribió “El Aleph” aludiendo a un lugar mítico del universo en el que los actos y sus tiempos ocupan “el mismo punto, sin superposición y sin transparencia”.

        5) Epistolario 1873/1939. Selección de Ernst L. Freud. Plaza & Janes Editores, Barcelona.

        6) Capítulo VII de La interpretación de los sueños.

        7) Anagrama, Barcelona, 2003.

        8) Plaza & Janes Editores, S.A. Bogotá, 1991.

        9) Las cursivas son de Freud.

        10) Para los griegos, los topikós formaban parte de la retórica; contenían el arsenal de ideas y argumentos con los que se daba curso al pensamiento, también consistían en los modos de persuadir a una audiencia, fueran contertulios o adversarios. En la perspectiva freudiana, el arsenal de ideas y argumentos tiene fundamento inconsciente, en tanto las variadas maneras de convencer pueden adscribirse a la intencionalidad de la conciencia, prevalentemente yoica.

        11) “Múltiple interés del psicoanálisis”.

        12) “Carta a M. Dacier en relación con el alfabeto de los jeroglíficos fonéticos”, del 14 de septiembre de 1822. Bon-Joseph Dacier era el secretario perpetuo de la Académie des inscriptions et belles-lettres, la carta sería leída pocos días más tarde ante el público académico.

        13) Es interesante seguir a Champollion en sus señalamientos sobre la escritura jeroglífica. (Aclaración preliminar: los pictogramas son elementos aislados, sin referencia a una forma lingüística; una botella dibujada en el frente de una caja es un pictograma por el que puedo inferir que hay botellas en su interior, a las que según el idioma que hable llamo botella, bouteille, bottiglia, bottle, flasche… Los ideogramas –que en un comienzo fueron pictogramas- constituyen un sistema de ideas y por lo tanto son escritura; los jeroglíficos egipcios son ideogramas, todas las escrituras tienen un origen ideográfico). Según Louis-Jean Calvet -Historia de la escritura, editada por Paidós en Barcelona, 2001, con intervención del Ministerio Francés de Cultura-Centre National du Livre-, la perspectiva de Champollion “es más clara que la de muchos autores más modernos”. Resumo a continuación las precisiones que este autor hace acerca de la estima de Champollion: los grafismos egipcios representan la cosa de modos diversos: por sinécdoque -tomando la parte por el todo-, la cabeza de un animal puede representar la totalidad del animal, las pupilas de los ojos a los ojos, etc.; por metonimia, una causa por su efecto, a la inversa, etc.; por metáfora, un halcón puede ser lo sublime, etc.; mediante enigmas, suerte de símbolos más difíciles de desentrañar, como que una pluma de avestruz sea la justicia porque se decía que todas sus plumas eran exactamente iguales. A su vez, señala Calvet, los jeroglíficos egipcios evolucionaron hacia el fonetismo, un escarabajo era el devenir, por cuanto escarabajo y devenir se pronunciaban del mismo modo: khéper; hacia la acrofonía, que es la conservación del sonido inicial de la palabra que menciona un ideograma, como sería quedarse con la c cuando lo figurado es cajón y más aún, se podían sumar fonogramas por yuxtaposición de los sonidos iniciales de figuras contiguas; hacia la determinación semántica, como cuando graficaban un sol no para que se lea “sol” sino para conferir “brillo” a lo escrito; también hubo una evolución formal hacia escrituras llamadas hieráticas y demóticas, formas cursivas de creciente simplificación que agilizaban el trámite de escribir. En fin, Champollion y seguidores tuvieron con qué entretenerse, no menos que los psicoanalistas si en tanto freudianos abordamos la interpretación de un sueño.

        14) De su profusa bibliografía me limito a señalar Símbolos, Artes y Creencias de la Prehistoria. Ed. Istmo, Madrid.

        15) “Vías de formación de síntomas”, en Lecciones introductorias al psicoanálisis.

        16) Ibid. Las cursivas son de Freud.

        17) Porrúa, México, 1987.

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