<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> Jorge Bucay - Carlos D. Pérez

Jorge Bucay

No despierten al psicoanalista dormido

Estaba en la peluquería, esperando mi turno. Se me ocurrió leer algo mientras le hacían claritos a un morocho que quería ponerse al día con la moda, y eso tardaría. Busqué en el revistero y entre publicaciones deportivas y otras con tapas cuidadas de muchachas –cuidadas las tapas, no las muchachas- distinguí una con la clásica foto de Freud, habano en mano, mirando la cámara en tres cuartos perfil. Por un instante se me ocurrió que el peluquero, sabedor de que soy psicoanalista, la habría puesto a propósito pero no, era el semanario Noticias, y al prestarle atención comprobé que habían retocado la foto incluyéndole grietas, como si fuera un monumento a punto de desmoronarse. A un costado, la palabra Investigación, seguida de un título de grandes proporciones: El fin del Psicoanálisis. “¡Epa! –me dije- ¿Qué estará pasando que de vez en cuando aparecen estos títulos en los medios?”. Poco antes, la primera plana del aparentemente serio y circunspecto diario La Nación había anunciado, bajo el acápite “Los intelectuales del mundo y La Nación” la opinión de un tal Mikkel Borch-Jacobsen acerca de que “el psicoanálisis va a desaparecer”... y así sucesivamente.
Movido por la curiosidad, me calcé los anteojos y luego del título de Noticias leí: El factor Bucal y el boom de las terapias alternativas y de efecto rápido (perdón, la computadora corrigió por sí misma, se trata del factor Bucay, se ve que mi máquina no contempla que escriba ese apellido).
Rápidamente, como aconsejaba el extracto, me puse recorrer las páginas buscando el mentado factor. Pasé por la foto de un pingüino – la alusión era obvia-, por otra de uno de los ministros Fernández –nunca acierto a saber cual es cual-, otra del ex-ministro Manzano con la cola parada a costa de siliconas y luego por otras de unas señoritas que no son ministros pero administran bien sus formas hasta llegar a una nota titulada Tecnofashion. “Debe ser aquí”, me dije pero no, era un comentario sobre diseños de grandes marcas ubicadas a la vanguardia tecnológica. “La vida da golpes para que crezcas” leí en otro lugar… ahí estaría Bucay pero tampoco, era una cantante y bailarina, bisnieta de un conde italiano, que se ufanaba con la breve fórmula. Finalmente, di con un título encabezado con estas palabras: “La vieja terapia del diván, tal como se la practicaba históricamente, llega a su fin”. Sí, por fin había llegado. La nota estaba ilustrada con un par de fotos: la primera de una señora, Regina Szprachman de Hubscher, presentada como ex psicoanalista, incluía esta frase al pie: “Freud era un excelente literato e inventor. Pero hay cosas hermosas que son viejas”. Al lado, Jorge Bucay aseveraba: “Cuando era un analista tradicional, llegué a dormirme mientras el paciente hablaba”. Me resultó una valiente confesión y busqué en el texto cómo había sido, a partir de ahí, la anunciada Investigación. Comenzaba de este modo: “Antes de ser famoso con sus libros, el médico psiquiatra Jorge Bucay era psicoanalista. Un día, mientras su paciente hablaba de la vida, cerró los ojos para concentrarse. ¡Y se quedó dormido! «No me sentía muy cómodo en ese rol, y pensé trabajar en alguna terapia más dinámica»” rezaba el argumento que daría un vuelco a la fama a su trayectoria. La nota anunciaba una polémica, que podría abrirse interesándonos en que no le haya importado preguntarse cómo fue que se durmió porque alguien le hablara de su vida. Es dable inferir que esa terapia más dinámica a la que se dedicó haya sido el modo de no escuchar intimidades capaces de sumirlo en el sueño.
Resultaba acertada la mención de Noticias acerca del factor Bucay, es un paradigma de cierta crítica, de la que algunos medios se sirven para anunciar la desaparición, el fin o la muerte del psicoanálisis. En la nota del semanario, por ejemplo, Eduardo Kalina bucayizaba su factor al proclamar que a nadie le recomendaría analizarse, porque él lo hizo durante ocho años y si bien reconocía que “es una aventura del conocimiento interior” agregaba que “como herramienta terapéutica, el psicoanálisis es muy limitado… su problema es que no apunta a la obtención rápida de soluciones concretas”, quizá disconforme de que a pesar de los años de diván siga siendo quien es. La Sra. S. de Hubscher, a su vez, decía haberse cansado bucayanamente de lo inefectivo de las sesiones dilatadas y optó por tratamientos expeditivos para “depresiones, conflictos de pareja, fobias y otros males del alma”. El factor Bucay consiste, por lo tanto, en no demorarse -o dormirse- emprendiendo aventuras improbables y a cambio hacer un emblema de lo expeditivo, rápido y concreto. Sospecho que ese factor está muy expandido y la bucayada psicoterapéutica es sólo un expeditivo, rápido y concreto muestrario de una tendencia que aspira a la dominancia –o que lo la logró- en el mundo en que vivimos. Y expeditivamente se anuncia la muerte de lo que no se ajuste a esos parámetros. Obviamente, el psicoanálisis no lo hace. Si antes Freud escandalizaba con su teoría sexual de la problemática humana, ahora se la aceptaría a condición de que acelere la eyaculación.
Para no dejar solo a Bucay durmiéndose en su hipotético pasado analítico, pregunto: ¿Se duermen los psicoanalistas mientras escuchan, amparados en el sillón que escapa a la vista del paciente recostado en el diván? Es posible. Tal vez le ocurría a Fidias Cesio -aunque no me consta, consulté a varios de sus ex pacientes y ninguno pudo aseverarlo a ciencia cierta-, porque él sí se ocupó del sopor en que el analista puede caer, invadido por adormideras que no alcanzan la palabra, y dio curso a una teoría del letargo. No es el caso discutir el rigor de esa teoría, pero sí decir que no esquivó el tema. Sí le ocurría, dormirse en las sesiones, a Enrique Pichon Rivière, hasta se cuenta de algún paciente que pacientemente lo tapó con una manta para que descansara. No importa demasiado, cuando despertaba tenía más lucidez que muchos. Como dijera Macedonio Fernández, no toda es vigilia, la de los ojos abiertos. Me ocurrió a mí mismo, lo voy a contar aunque avergonzado, no tanto por el evidente traspié sino porque ni derivó en teoría ni me hice famoso con mis libros y es dudoso que mi vigilia sea mejor que la de Pichon: cierta vez, un caluroso mediodía de noviembre me encontré con una colega en un restaurante para conversar. Pedimos mejillones a la provenzal y al calor de la conversación, de la colega y del día, se me ocurrió acompañarlos con un buen vino blanco. Volví al consultorio algo soñoliento. Llegó la primera paciente de la tarde y comenzó a hablar mientras mi atención flotaba en Chardonnay. En un momento, su énfasis me sacudió: “¡Te quedaste dormido!” dijo. Queriendo salvarme del hundimiento, argüí: “Me estabas diciendo tal y tal cosa…”, a lo que ella replicó: “Eso lo dije hace como veinte minutos”. Desenmascarado, admití haberme dormido, me pidió explicaciones y nada dije. Obviamente, escuché una retahíla de ofuscados argumentos acerca de cómo podía ser que justamente cuando se refería a… yo me hubiese desinteresado de tal manera, que no podía ser, que era una falta de respeto, que abandonaría el análisis, y un extenso etc. etc. Decidido a no defenderme, escuché, y durante un tiempo apreciable, más de un mes, llegaron a las sesiones cantidad de ocurrencias que abrieron perspectivas insospechadas (no, no estoy recomendando el método). Cuando se disipó el mal momento y el análisis siguió su rumbo, decidí decirle que la vez que me había dormido, ese mediodía… y le conté lo que había pasado. “¿Porqué no lo dijiste antes?” preguntó. No lo había hecho, fuera como fuese habría resultado una justificación. Pero a pesar de todo, porque coincido con mi paciente en que es por demás desagradable que el analista se duerma cuando alguien le está confiando su intimidad, el análisis no llegó a su fin. Y si hubiese ocurrido, la paciente habría tenido la razón de su lado, habría sido mi fin, con un papelón del que debía hacerme cargo, pero eso no habría cancelado que encontrase otra oreja despabilada. En definitiva, logramos desentrañar un aspecto sustancial de lo que Freud señala en El porvenir de una ilusión.
“No despierten al psicoanalista dormido”, se le ocurrió decir a esta mujer en tono de chanza, sin saberlo pero con inspiración pichoneada. Aunque sí, se trata de despertar del sopor, que es posible dormirse no sólo en el consultorio sino también al amparo de las teorías, como si la ajada foto del maestro velara nuestro sueño.
Admito, para finalizar, que Bucay no estuvo desacertado como terapeuta en su rumbo a la fama, me consta que ha contribuido a curar un síntoma rebelde, el de alguien que conozco. Atacado por el insomnio, un amigo encontró este método: se lleva a la cama un libro de Bucay, elije un capítulo al azar y a la tercera o cuarta parábola (soy generoso) se queda dormido. Abandonó el Lexotanil. Sin haber leído el artículo de Noticias, ya que no frecuenta mi peluquería, mi amigo le paga, saludablemente, con su moneda. Pero como está curado, no pensó en ser famoso.

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