Dientes de tiburón

-Fue extraño…-comienza Sergio la sesión de análisis-, extraño como todo sueño, pero el de anoche tuvo una atmósfera familiar en su extrañeza… una atmósfera que me quedó, tanto que al venir a la sesión se me impuso… no sé… como algo difuso y a la vez imperioso. En medio de esto llegué al consultorio y toqué timbre, traigo la sesión empezada.

-Lo estás descubriendo. El pedido que hacemos, decir espontáneamente lo que se le ocurra a quien consulta, sea lo que sea, es lo que acabas de decir: ventilar lo que viene maquinándose desde el sueño de la noche anterior, o vaya a saberse desde cuándo.

-¿Significa algo?

-Que el análisis está en curso.

-Algunas cosas de ese sueño me quedaron, con nitidez notable. Hay un motivo evidente: si cuando uno está en el mar, nadando más allá de la rompiente de las olas, aparece un tiburón abriendo las fauces, el julepe queda grabado… Y no me preguntes qué se me ocurre al respecto porque ya te lo digo: el afiche de la película *Tiburón*, con esa bocaza y la doble hilera de dientes afilados…hace poco la vi anunciada en Netflix, una vez más. El peligro no era solo para mí, mejor dicho, me daba cuenta de que no era yo quien estaba en peligro, sino que en la orilla una nena jugaba en el agua, y el tiburón enfilaba hacia ella. Yo me desesperaba. Al momento no se trataba de un tiburón sino de un cocodrilo; me tendía sobre su lomo y me abrazaba a su boca para que no pudiese abrirla y devorar a la nena. En la playa estaban mis padres; yo intentaba, inútilmente, que interviniesen; quería gritarles pidiendo ayuda, pero no podía emitir sonido. Ellos caminaban por la playa, distraídos, sin prestar atención. La desesperación me arrancó del sueño. Desperté.

-El tiburón te remitió al afiche de la película. ¿Algo más al respecto?

-Para alguien como yo -agrega Sergio-, que trabaja en una productora de cine, no podía faltar… y aquí viene una ocurrencia marketinera, *Cocodrilo Dundee*, en el afiche donde el fulano Dundee carga al cocodrilo sobre sus hombros… ¡No! Camina, lo más canchero, y a su lado va el cocodrilo, atado con una cuerda. Como si Dundee estuviese paseando al perro. Obviamente, muy distinto a como yo me sentía cuando cabalgaba al cocodrilo en el sueño, abrazado a su bocaza. En fin, te avisé de lo marketinero de mi ocurrencia…

-¿Qué decir de la nena?

-Es mi sobrina Clarita, hija de mi hermana… Al decirlo caigo en la cuenta de que el otro día la llevé al cine del Unicenter y a la salida fuimos al bar, ella pidió una Coca y un sándwich. Sorprendido de que lo cortara con cuchillo y tenedor, le pregunté si no era más sencillo morderlo. Dijo que no podía. Me explicó que le están saliendo los dientes definitivos, pero los de leche todavía no cayeron, así que se le formó una doble fila: la de los dientes de leche y otra con los definitivos que no crecen por falta de espacio. Es algo momentáneo, hasta que caigan los de leche, le dijo el odontólogo, y agregó que debido a la doble fila tienen un nombre que parece chiste: **dientes de tiburón**.

-En definitiva, lo marketinero de tus ocurrencias con los afiches no estaba tanto en el de *Cocodrilo Dundee* como en el de *Tiburón*. Mucha intimidación con la bocaza abierta, cuando los dientes de tiburón, en versión Clarita, son incapaces de morder un sándwich. Esto, que parece chiste, es todo un tema: cuando Freud publicó *La interpretación de los sueños* un amigo suyo, llamado Fliess, objetó que en los sueños que consideraba hubiese frecuentes efectos chistosos. Advirtiendo que era cierto, Freud lo tomó en serio; al tiempo escribió *El chiste y su relación con lo inconsciente*, destacando la coincidencia entre los procesos que generan los chistes y los que dan curso a los sueños. Por aquí anda lo que al comenzar la sesión dijiste acerca del clima imperioso, extraño y a la vez familiar, de tu sueño. Freud lo llamó **unheimlich**.

-La traducción, por favor.

-Es una palabra con cambios de vía en la significación, una clave en lo relativo a lo inconsciente.

-¿Cómo es eso? -pregunta Sergio, inquieto por la inclusión de Clarita.

-**Heimlich** es lo íntimo, entrañable, reservado. Si digo que tengo una relación íntima con alguien, especifico poco y sugiero mucho. La palabra *heimlich* no es unívoca, refiere algo familiar pero también clandestino, oculto… hay sutiles deslizamientos entre lo hogareño, entrañable, y lo secreto.

-Hiciste referencia a esa palabra con un prefijo.

-**Un** es un prefijo de negación; adosado a *heimlich* nombra la inquietante extrañeza de lo **ominoso**.

Al mencionar los deslizamientos y cambios de vía a propósito de los dientes de tiburón, advierto que los síntomas de las neurosis obsesivas -Sergio no es ajeno a esta neurosis-, están al servicio de tendencias opuestas: unas negativas -prohibiciones, penitencias, castigos-, y otras positivas -realizaciones de deseos-. El más antiguo de estos grupos es el que rechaza un originario impulso deseante, reacción negativa, por lo tanto. Pero al paso del tiempo lo proscripto gana primacía hasta alcanzar un entrevero de prohibición y prohibido. ¡Cuántos sistemas obsesivos, esparcidos por doquier, desembocan en esto! La amenazadora apariencia del tiburón, en el contenido manifiesto del sueño, contiene en las ideas latentes el revés de dientes incapaces de mordida. La dentadura devoradora, inofensiva en la versión odontológica, mantiene la intimidante denominación inicial: dientes de tiburón. Las tendencias opuestas de los síntomas obsesivos evidencian la mutua atracción y repulsión inherente al devenir pulsional, como acontece con los polos de un imán. Propiedad que no puede ser cancelada: si un imán es cortado al medio, sin producir polos independientes cada segmento reactiva un imán bipolar. Pensar la bipolaridad (concepto distinto al de la psiquiatría obsecuente con el DSM-5, manual diagnóstico de la American Psychiatric Association) proporciona una interesante perspectiva al extenso debate que los psicoanalistas frecuentamos acerca de eros y thánatos, bipolaridad del devenir pulsional.

Redactadas con distinta tipografía, estas consideraciones quedaron en ciernes, habilitadas por vasos comunicantes en el decurso de la sesión.

-Tu ocurrencia marketinera, a propósito del cocodrilo al que te abrazas para impedirle abrir la boca, desmerece al sueño: el tal Dundee llevándolo atado a una cuerda como si paseara un perro…

-Es cierto. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que es algo relacionado con mis viejos caminando por la playa. ¡Ellos desmerecen la escena, desentendidos de mi desesperación, del peligro!

-Interesante ocurrencia. No vi la película *Cocodrilo Dundee*, pero el título sugiere que el protagonista es un cazador de cocodrilos al que, en obvia mimesis, apodan Cocodrilo. Hay quienes cazan por amor a la presa, otros se casan con ella. Dundee se casa con lo que caza, en la ilusión de llevar a la presa, collar al cuello, domesticada como un perro. ¡Qué ingenuo suele ser el varón cazador! ¿En el sueño sos quien intenta que el cocodrilo no abra la boca y devore a Clarita, o vos mismo sos Cocodrilo, como Dundee? ¿Una duplicidad, estilo El Hombre y La Bestia, ya que estamos con lo cinematográfico?

-No lo había pensado…

-Si así fuera, podrías querer la ayuda de tus viejos para no transformarte en depredador -digo, pensando en la bipolaridad del síntoma obsesivo.

-Mis viejos están separados desde hace tiempo. Tenía algo más de diez años cuando el viejo se fue de casa. Es cierto que según lo que recuerdo estaban en otra, vaya a saberse en qué, poca atención nos prestaban a mi hermana y a mí.

-La madre de Clarita…

-Lita, es mayor que yo.

-¿Puede que en el sueño Clarita sustituya a tu hermana?

Intentando una ironía, quizá decir algo gracioso, con tensión evidente Sergio exclama:

-¡No aclares que oscurece! -Luego de un momento, agrega-: Quiero silencio.

-Hace noches, soñé con una mujer. Tendidos sobre una cama. La mordí. La penetré. Con furia. Lita. No pensaba decirlo.

-El final precipita el comienzo. Momento de decirlo.

-Veraneo familiar en el hotel Thamar de Mar del Plata. El último, después mi viejo se fue de casa. Había un ritual, quizá el apego a una rutina cuando se avecina la crisis: de mañana a la playa; pasado el mediodía, retorno al hotel. Después del almuerzo, si el tiempo lo permitía, mis viejos salían a caminar por la rambla. Tenían sus asuntos, era evidente. Mi hermana y yo, a la cama. Húmedas lunas sobre la tierra sin agua. A la hora de la siesta.

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